Qué tontería, ¿no? Pensar que no puedo querer a las personas que me quieren, y en que me atraen las que sé que no me van a hacer bien.
Eso de pensar que cada día puede ser algo diferente, aún cuando sé que todo va a ser una repetición.
Sentir que tú- seas quien seas- vas a estar ahí, con un cigarro en la mano o con una sonrisa en la boca, y que nos vamos a dar cuenta, a pesar de que nunca te vea en nadie.
Saber que sólo doy problemas pero que a ti te van a gustar, que vas a quererlos porque son yo. Y da igual que ellos se empeñen en que es imposible.
Esperar que alguna vez esos amores de asientos del Metro se vayan a hacer realidad, que yo te mire, que tú también, y que demos el paso.
Desear encontrar a alguien por quien vivir. Por quien gastarte todo el dinero y por quien aparecer en su casa a las doce de la noche y gritar muy fuerte desde el coche que baje, que tenemos entradas para el concierto.
Oír cuanto más me dueles, más te quiero de alguna boca, o que salga de la mía para chocar en un corazón.
Darme cuenta de que las segundas partes nunca fueron buenas, a pesar de eso que dicen de que todos merecemos una segunda oportunidad.
Aprender a que se puede convivir con el dolor.
Y que quién sabe, que quizás salgo y te veo o que quizás entres y me sientas. Que te tengo que conocer porque no me lo merezco y como la justicia no existe, yo me salvo en eso.
Qué tontería la de pensar que puedo equivocarme y que tú puedes suceder, y que puedo amar tus risas y tus enfados, ¿verdad?
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