viernes, 9 de marzo de 2012

Confesiones nocturnas- parte 3. SMOKE MY LIPS.

Aloha!

Sigo pensando en J. y en mi publicación sobre él.
¿Realmente le echo de menos?
Sí, claro que sí.
Pero él no es la causa de esta nostalgia.
He encontrado respuesta la típica chorrada de "¿Se puede echar de menos lo que nunca se ha tenido?".
Sí.
Claro que sí, joder.
O, por lo menos, yo puedo.
Aquí está mi confesión nocturna de hoy: en mi vida he tenido novio.
Nunca ha habido un hombre que me susurre que mi pelo está suave o que los ojos me brillan de forma especial.
O por lo menos ninguno que lo diga de verdad, sin ninguna intención.
Buscas amor y encuentras un leve sentimiento de lo que sea- de todo menos de amor- en brazos de un marinero atractivo de la armada británica que hacía prácticas en el pueblo donde te fuiste a estudiar inglés el verano de tus 14 años y que te doblaba la edad.
Algo rápido.
Después un beso en la mejilla, una sonrisa y una frase de despedida en un perfecto inglés, decides que eso no es amor ni nada que se lo parezca. También planeas con una sonrisa que a partir de esa "primera vez" vas a buscar a un tío que te trate como si fueses su vida. Y te acabas enamorando del sueco del grupo, un chico rubio, dos años mayor que tú, cuerpo de modelo y cara de malo-de-la-película que te sonríe y hace que tu mundo se mueva de un lado a otro.
Pero tú tienes 14 años y, sinceramente, hay chicas que podrían ser modelos dispuestas a entregarle TODO. Y tú te has prometido a ti misma que nada más otra vez. (Imagináos cómo tuvo que ser eso para decidir que ahora SÓLO quieres amor psicológico cuando sólo has "practicado sexo" con un tío una vez). Y, con ganas de cumplir la promesa, decides que ese chico no es para ti. (Nota mental: buena decisión, A. Siéntete orgullosa).
Después, dos años sin volver a tocar a un hombre, aparecen un grupo de obreros andaluces en el piso de enfrente. En tu pueblo*. En verano**.
Es tu cumpleaños, cumples 16 y estás sola. Te sientes sola. No hay fiesta porque no hay amigos con quienes celebrarla. A las doce de la noche ya estás en casa. Sales a la terraza a las tres de la mañana y uno de tus nuevos vecinos está fumando.
Te ofrece un cigarro y, claramente, lo aceptas. Lo necesitas de verdad. Una cosa lleva a la otra y a los pocos minutos te ves saltando con mucho cuidado a su terraza para andar hasta su cama.
El sexo está bien, y por lo menos te respeta. Unas caricias en la espalda y unas cuantas cosquillas en voz baja. Un beso en la frente, vestirse, saltarse a tu terraza y fumarte otro cigarro.
"Oye, el chico no está tan mal. A lo mejor no hay amor, pero hay respeto". Y así te pasas las semanas, arriesgándote a que alguien te vea saltando terrazas, llame a la policía y te metas en un lío de impresión.
Hasta que un día ves subir a muchas mujeres andaluzas por las escaleras, y meterse en el piso de los obreros.
Sí, querida, tu amigo el andaluz-que-no-te-ama-pero-te-respeta está prometido.
Y tu cara de subnormal cuando te cruzas con la chica en la escalera no tiene precio.
Acabas enfadada y decidiendo que tampoco era respeto, que eso se dice, coño, y que pasas de él.
El verano de los 17 llega, y con él, dos estudiantes argentinos que vienen a finales de Julio para estudiar el cultivo de la vid. Sigues estando sola y te toca tender la ropa en la azotea. 6 de la tarde, mucho calor y los cascos puestos. "¿No te cansás de hacer esto todos los días?" te pregunta mientras tira del cable. Te giras sorprendida y compruebas cómo esos ojos verdes te mirar fijamente. "Encantado, soy Diego." Empezáis una inocente conversación que se alarga durante semanas. Exactamente dos. Llega Agosto, y las fiestas del pueblo y tus padres obligándote a salir por ahí. Tu amigo Diego te ofrece subir a la azotea cuando le explicas que no tienes amigos allí. Habláis y le mandas un sms a tu madre en el cual la explicas que te quedas a dormir en la sede (un local). Son las cuatro de la mañana y de pronto dejáis de hablar. Saca un cigarro y te da otro. "Las puestas de sol son grandiosas, ¿las habés visto alguna vez vos?" Y os quedáis a verla. Pero todavía queda mucho para que salga el sol. Y para que se ponga. Os sentáis y, sin besos ni roces, empezáis a hacerlo. Sus caricias tapan sus ganas, y en el fondo crees que va a pasar lo de siempre. Pero al día siguiente, él te despierta con una sonrisa y otro cigarro a medio acabar: "Mirá, va a salir el sol". Te abraza y te besa la cabeza.
ESO ES AMOR. O eso crees.
Te sientes cómoda y él parece sentirse igual. Los días se hacen largos pero por la tarde, cuando papá, mamá y tu hermanito se van a la piscina, tú te vas a casa de Diego. Después de volver a hacerlo, te levantas para vestirte. Pero él tira de tu brazo y te tumba a su lado de nuevo.
Y llega Septiembre. Y ya te vas.
Y ha sido un gran verano, un gran amor secreto y, por qué no decirlo, joder, un gran sexo.
Los fines de semana viajas al pueblo y vuelves a verle, pero no todo el tiempo es sexo. También hay puestas de sol, susurros secretos rozando sus labios en tu oreja y guiños en las escaleras.
Ni si quiera te gusta como para salir con él, pero sí que hay respeto.
Se queda hasta Febrero, justo en el mes en el que la regla decide dejar de venir y tú te asustas mucho. Sin decírselo, rezas a todos los dioses que existen para que no sea nada. Y alguno de ellos debe existir, porque días después te levantas manchada de sangre.
"No tengo por qué decírselo, no ha sido nada... A demás, ni si quiera me gusta."
Y entonces, antes de que te de tiempo de despedirte de él para siempre, te llega una carta.
Esa carta.
La carta.

Menos mal.

Y sí, acabo de describiros brevemente mis últimos veeranos.

A eso es a lo que me refería al principio: Julio es la primera persona que me trata bien sin querer asegurarse una nueva folla-amiga.
Y eso es amor.
¿Dónde coño estás?

G'Nights, bitches!!





















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