domingo, 18 de marzo de 2012

Confesiones nocturnas- parte 6: ¿Día del padre?

Aloha!

Abro Twitter y leo "feliz día del padre", por lo menos, en 15 comentarios. Mi cara no cambia, pero puedo comprobar cómo algo en mi se oscurece.

Ya no hay "feliz día del padre". Dejó de existir hace seis años.

Ahora es un continuo insultar desde la mente, murmurar gilipolleces y aguantarse las ganas de matar. Eso yo. Él lo dice en voz alta, para que me entere. "Sí, joder, te llamo subnormal todos los días para que te enteres de todo lo que te quiero. Y si te tengo que amenazar con meterte una hostia, lo hago. Todo sea por tu bien".
¿Por mi bien? Y UNA PUTA MIERDA.
"Esta niña es gilipollas" "¿Tú a qué coño aspiras a conseguir en la vida?" y una lista larga de infinitos etcéteras.
Pues vale, papá.

Recuerdo escenas de hace mucho tiempo que se me han grabado en la memoria, cuando todavía nos queríamos.
Recuerdo cómo corría al verte venir; la felicidad que sentía cuando te veía entre la multitud de padres que esperan a sus hijos a la hora de comer en la puerta del colegio era- y sigue siendo- indescriptible. Nos acabábamos de mudar aquí, y todavía no teníamos muebles, así que me llevabas a nuestro restaurante chino o al Vips y, entre preguntas sobre la vida escolar de una niña de 5 años, pedíamos algo que se hiciese rápido, porque luego yo tenía que volver a clase y tú al trabajo.
Me acuerdo también de las risas. Siempre nos estábamos riendo. Y ese era el principal motivo por el que estar contigo fue mi pasatiempo favorito durante esa época de mi vida.

Ahora, y desde hace demasiado tiempo, nunca sonrío cuando estoy contigo. Ya no hay bromas estúpidas ni nada que me guste.

Eso sí, tampoco hay lágrimas.
Una vez las hubo, pero fueron tantas que incluso olvidaba el motivo por el que lloraba.
Así que decidí que sería mejor aguantarme y no darte el gusto de verme triste.

Porque verme jodida es lo que más te gusta.
Lo sé porque tú mismo me lo has dicho, sin saltarte ninguna de las palabras. "Si, tú llora... Qué gilipollas eres".

No hay saludos cuando llegas a casa, no hay felicitaciones cuando consigo algo bueno.
Y tus miradas de indiferencia cuando algo que me ha pasado es tan jodidamente genial como para que me ponga a gritar de la emoción son, sin duda, las miradas que peor llevo.

La sensación de decepción cada vez que me miras es tan clara que todos se dan cuenta de ella.

¿Qué mierdas nos ha pasado, joder? Y todas esas fotos nuestras que decoran las estanterías de casa... ¿cuándo paramos de sonreír al verlas?

Las lágrimas se me saltan a medida que voy escribiendo estas líneas.
Que no me veas llorar no significa que no sienta dolor.


De todas formas, la costumbre ha hecho que todos esos recuerdos se queden guardados en un sitio especial que sólo abro en días como hoy.
Tus miradas están dejando de doler y mi sentimiento de indiferencia está empezando a tapar tus insultos.
Tendrás que buscarte otra forma de joderme, ¿eh, papá?

Tus castigos ya no me molestan y sé que eso es lo peor que puede pasar en una relación. Nos vamos enfriando hasta quedar helados.
Por fuera podemos parecer una familia feliz, pero nadie nunca nos volverá a ver juntos en la misma foto.

Ninguno de los dos sabe cómo ni cuándo empezamos a odiarnos. Y, por supuesto, tampoco el "por qué" está definido.
Pero lo peor de todo es que no queremos tragarnos nuestro orgullo, pedirnos perdón, perdonarnos y volver a retomar nuestros días de gilipolleces graciosas.

Así que, feliz día del padre, papá.

Buenas noches!

A.



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